Hoy he hecho algo que me ha dado miedo durante mucho tiempo: me he cortado el pelo aquí en Madrid. Mejor dicho: he dejado que un español me corte el pelo.

Desde que tenía nueve años he tenido la misma peluquera, Robin. La relación entre una mujer y su peluquera es algo que a veces los hombres no entienden. Robin conoce bien mi pelo, sabe que hay más pelo en un lado que en el otro, puede hacer que el flequillo me quede bien, etc. Fui a casa durante las vacaciones de Navidad y Robin me recortó el flequillo porque había crecido mucho y me estaba volviendo loca. Ahora han pasado dos meses y medio y aunque no estaba tan largo como en diciembre ya me estaba molestando. Así que lo hice. Llevaba una foto, por si acaso resultara útil.

Me lavó el pelo -qué placer- y empezó a cortármelo. Cuando llegó al flequillo tuve que dar varias explicaciones -el flequillo es complicado y bastante prominente- pero creo que nos entendimos al final. Me peinó después y me quedé bastante satisfecha (y aliviada). No hay nada igual a salir del peluquero con un corte que te gusta, bien peinada, cuando hace sol y tienes tiempo para pasear con calma.