Es una parte normal de la vida diaria aquí pero algo que siempre me gusta. No me cansa de comer el pan. Sé que el pan blanco quizás no es el mejor para la salud (mejor sería pan integral) pero hay algo irresistible de esta comida tan cotidiana. Anoche, después de ver Los abrazos rotos de Almodóvar regresamos a casa a las 12:30 y teníamos hambre. No había mucha comida pero satisfacemos el deseo de comer con tomates cherry, pan del día anterior y un poquito de sal. Y ¿sabes? Estaba muy rica.

Hoy entramos en un chino, Alimentación felicísima, para comprar zumo y olía a pan del horno. Comentamos en el momento cuánto nos gustó ese olor (y también el olor de cerveza, cuando no sale de la boca de alguien); paramos un momento para respirar el olor tentador de levadura antes de pagar las bebidas y continuar a casa.

No lo había pensado en el momento, pero ese olor me sugiere una cadena de recuerdos, como la magdalena de Proust. Primero pienso en la universidad. Había una fábrica de pan, la marca Mrs. Baird's, en Waco, Texas y pasaba por al lado al ir a la iglesia. Siempre sabía si hacían pan ese día o no, y siempre me encantó cuando sí lo hacían. Luego este recuerdo da lugar a otro, más antiguo, de mi juventud. Había otra fábrica de pan, esta vez de Butterkrust, en mi ciudad natal, Austin, Texas. Un día en mi clase del colegio tuvimos un viaje de estudio a la fábrica, el olor rico envolviéndonos durante varias horas. Al final probamos pan recien salido del horno con un poco de mantequilla. ¡Qué rico!