Bueno. Hemos vuelto de dos semanas de vacaciones. Me encuentro por una parte con fuerzas nuevas para terminar las semanas que nos quedan y por otra parte sin ganas de hacer nada. Necesito recuperarme un poco después de mis viajes.

El viernes tres de abril partí para Alemania, acompañada por una amiga de EE UU. Ya había pasado más de una semana con mi novio, hablando mucho inglés, y no esperaba emplear el español durante los nueve días siguientes. Nuestro primer destino era Berlín, una ciudad muy interesante, repleta de historia y una mezcla curiosa de lo antiguo y lo moderno. Aterrizamos, encontramos las mochilas y buscamos el tren. No sabemos exactamente cómo llegar al hostal pero tenemos una idea, más o menos. Nos negamos a usar un taxi.

Menos de dos horas y cinco euros más tarde... ¡éxito! Llegamos victoriosas al hostal y recibimos las llaves de nuestra habitación compartida. Encuentro mi cama, una de arriba, y en la cama donde Kate debe dormir, bajo la mía, hay un bulto enorme. ¿Es un hombre durmiendo? Un chico leyendo en su cama se ríe un poco y se encoge de hombros. Kate elige otra cama. Embutimos las mochilas grandes en los armarios pequeñitos y salimos para buscar comida.

Al regresar vemos al chico de nuestra habitación y nos informa que el bulto en la cama era el mochilazo de un chico argentino. Regresamos juntos. Stanislav (o Stas), el chico de la risa, nos invita a salir con él luego y poco después entra Lucas, el argentino. Nos conocemos todos y Lucas está emocionado al saber que hablo español. Quedamos en salir dentro de un par de horas y Kate y yo descansamos un poco.

A las nueve los cuatro bajamos a la calle y buscamos un bar para probar la famosa cerveza alemana. Lucas, quien ha estado viajando solo un mes, habla con mucho gusto, deseoso de comunicarse en su lengua nativa. Después de una caminata un poco larga, guiada por Stas, elegimos un bar con terraza y nos sentamos y pedimos la primera ronda.

Como suele pasar, el alcohol afloja la lengua y liberamos la conversación como si fuéramos amigos de más de unas horas. No sé precisamente cómo o cuándo pero me encuentro en un momento la traductora de un coloquio filosófico entre los chicos. Con más cerveza pasamos a la religión. Naturalmente los dos tienen ideas muy distintas respecto a la teología. Pongo fin a esta discusión porque sé que nunca vamos a llegar a un acuerdo y Kate y yo preferimos trasladar a otro sitio e intentar otra vez ser parte de la conversación.

Paramos para patatas fritas (demasiada cerveza, no bastante comida) y encontramos un pub. Stas pide otra ronda, más grande que la anterior. Empezamos bien, todos hablando pero otra vez me transformo en traductora. ¿El tema esta vez? El sexo. Después de dos cervezas y media estoy bastante impresionada con mis propias habilidades de traducción y sigo un rato meramente por fascinación. Kate y yo intercambiamos miradas raras al oír lo que dicen Stas y Lucas, reímos, y no intervenimos en la discusión (bueno, menos yo por traducir). Por fin estamos hartas de cerveza y de conversación masculina y convencemos a los chicos que es hora de regresar al hostal.

No esperaba usar tanto el español en Alemania (y aún menos en temas y circunstancias así) pero supongo que la vida nos proporciona oportunidades dondequiera que vayamos.